“Las cosas como son: Callos…¡a la madrileña!” por Miguel Ávila Cabezas

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OPINIÓN

LAS COSAS COMO SON: CALLOS… ¡A LA MADRILE

Miguel Ávila Cabezas.- Hay callos y callos (con elle). Te los puedes encontrar en cualquier barucho perdido de la altiplanicie mexicana, en el campo de refugiados de Moria, en la cima del Annapurna y hasta, si me apuras, amigo, en un galpón del desierto de Atacama. Reconozcamos de una vez por todas que de todos los callos conocidos (y los hay de los más diversos colores, sabores y texturas) los bolivarianos y marxistas son los más difíciles de digerir: con esos garbanzos rancios y esos menudos menudillos que a trompicones te entran por la boca y te salen por salva sea la parte al son de la Internacional nada bueno se puede sustanciar en el interior de cualquier buen nacido que, si quiere ir a misa, pues va a misa y si quiere ir a los toros, pues a los toros va… ¡qué cojones! Los callos andaluces, por ejemplo, tienen su cosa, nadie lo pone en duda, y su cosa, digo, son los garbanzos, cosa que no tienen, sin ir más lejos, los callos a la madrileña. No sé si me explico correctamente. Y puestos a comparar, habría que preguntarse cuál de los dos callos pica más: si los andaluces o los callos a la madrileña. Yo tengo para mí que los que más pican son los segundos, esto es, los callos a la madrileña porque hay quien va diciendo por ahí, no sin su punto de razón, que vivir a la madrileña tiene su cosa guapa e identitaria porque significa vivir a fondo, a tope y en libertad. ¿Que por qué pican más los callos a la madrileña que el resto? Fácil: porque son culinaria materia de mesetaria cocina y como buen castellano que no soy te lo digo: Vete a Madrid. Allí nunca pasarás hambre. Como mínimo te ofrecerán (eso sí: con cara de verdadero asco) una buena ración de callos a la madrileña, con su choricito y su morcillita y su puntita de jamón, pero sin los menestrales garbanzos, que son recurso de pobre proletario. Vete, sí, a Madrid porque Madrid y vivir a la madrileña lo son todo. Lo has de ver con esos cosmopolitas ojos que Dios te ha dado. Divórciate en Madrid pues en esta capital del mundo abierta para unos y cerrada para otros, nunca te cruzarás con tu ex y si por esas casualidades de la vida acaso un día tropezaras con ella o, en su defecto, ella tropezara contigo nada sucederá porque en Madrid nada es lo que todo parece. Con una buena ración de callos (a la madrileña, sí) y una risueña cerveza todo tiene arreglo en esta vida: el precio del alquiler de la vivienda, la atención primaria, la educación de nuestra aguerrida muchachada, cualquier pandemia que se ponga por delante (para eso está el Zendal en cartón piedra), la pizza, los bocadillos de calamares y, por supuesto, los atascos, que donde se ponga un atasco un sábado a las tres de la mañana en el centro de Madrid que se quite la premura de las cosas y la necesidad de llegar porque en Madrid nunca se llega sino que siempre se está. Lo dicho: callos a la madrileña es sinónimo de libertad como otras tantas cosas y más cosas que Madrid te ofrece. Ve y descúbrelas. Queda dicho: Las cosas como son.

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